De un zape

Con el impacto del golpe en la nuca, el conejo dejó de berrear que se le hacía tarde. Entre estertores cada vez más lentos, el reloj se deslizó de entre sus dedos hasta hacerse pedazos al alcanzar el suelo: ya no tendría que preocuparse por el tiempo, éste se había detenido por siempre para él.

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